‘Vinyl’, la caída de los dioses

La séptima acepción del Diccionario de la Lengua Española define la música como `el arte de combinar los sonidos de la voz humana o de los instrumentos, o de unos y otros a la vez, de suerte que produzcan deleite, conmoviendo la sensibilidad, ya sea alegre, ya tristemente´. Martin Scorsese, una de las figuras más representativas del movimiento que sentó las bases del nuevo cine norteamericano en la década de los setenta, se atreve a yuxtaponer su experiencia visual a la de otro revolucionario, un músico que aún hoy lidera una de las bandas más importantes del rock a nivel global. Entre Mick Jagger y Martin Scorsese, el término insurrección cobra sentido, a auténtico calibre artístico. Vinyl llega a las pantallas con la misma vocación que transmiten sus dos creadores.

Transformación

Vinyl va cimentándose sobre la solidez de un argumento narrativo cuyo peso recae sobre la brava exégesis de Bobby Cannavale. El actor se encuentra en un terreno que domina, el de los personajes rudos, vociferantes, con una presencia escénica incuestionable. La escritura de cada capítulo se hace sentir en torno a su mirada, a la frondosidad de su tupé y a la vena que emerge enardecida de su temible cuello cada vez que alguno de sus esbirros toma en consideración llevarle la contraria. En Cannavale reside la razón de ser de Vinyl. Pero, ¿qué sería de un buen protagonista si no estuviera rodeado de un secundario que se desenvuelva de forma ejemplar? En todo el circo musical establecido en tan peculiar época escogida sobresale la traslación personal que vive ese personaje llamado Lester Grimes (interpretado con sempiterna rabia por Ato Essandoh) y que ejemplifica uno de los objetivos de la serie: el incesante cambio de una industria en constante movimiento y cuyo castigo a cualquier movimiento no controlado era de una crueldad inmerecida. Es Lester Grimes quien da sentido al origen historicista de Vinyl y sobre el que recae la propia construcción del personaje protagonista, ese Richie Finestra que vivirá la redefinición de la música (en todos sus géneros y acepciones) a principios de los setenta, que viajará por los recovecos de las adicciones para, al inicio del séptimo episodio, comenzar a leer al psicólogo humanista norteamericano Abraham H. Maslow y su póstumo compendio titulado The Farther Reaches of Human Nature(1971), quien sentó las bases de la defensa del humanismo frente a la psicología conductista. O lo que es lo mismo, el individuo frente a su propia naturaleza y su defendible capacidad de decisión. ¿Paradójico? Muy posiblemente.

Lester Grimes (Ato Essandoh), el personaje que define la serie. – «Vinyl´1×03

Sobre la transformación de los personajes a lo largo de la serie pretende elucubrar Martin Scorsese con el episodio piloto. Atropellado en su concepción, inabarcable en su puesta en escena, el cineasta neoyorquino concede a Cannavale la voz cantante en este punto y aparte histórico. La personalidad de Finestra explota cuando el bluesirrumpe en su vida. El apego a su trabajo le hará entender el éxito a toda costa, un éxito desmedido que jamás logrará, un sendero de fracaso del que jamás peleará por descender. Su mujer, interpretada por Olivia Wilde, lo hará en el preciso momento en que la sensualidad reprimida encuentre su libertad, en el momento en que el funk resucite las caderas de media Norteamérica y la música negra encuentre nuevas vías de bendita expresión. Pero entre medias, Vinyl contempla el devenir un año denominado 1973, el cual ejerce de base argumental para incitar al espectador a reflexionar sobre los cambios sobrevenidos en una década que servirá de quiebra con todo lo establecido.

Estilos

Vinyl se muestra abierta a la participación de diversos estilos que confluyeron con suficiencia a comienzos de los 70. El rock convive con el blues mientras el funkresucita los maltrechos cuerpos, la energía se yuxtapone al alma, a la expresividad, a todo lo que conlleva el ser contestatario. Las guitarras ya no acompañan a la voz principal. Se imponen los riffs enérgicos, las baterías se constituyen en una voz propia dentro del conjunto instrumental (gracias Bonzo, disculpa Ringo), las voces demuestran cada vez más fiereza. Vinyl asiste, desde su primer capítulo, a la gestación de lo que se conoce como proto-punk. No es casualidad que la primera banda a la que Scorsese cede los honores de comenzar la narración musical de Vinylsea The New York Dolls con una desairada interpretación del himno Personality Crisis, presagio de todo lo que tendría que suceder en una industria en constante transformación y, por definición, de la catártica conclusión que Allen Coulter propone en el último capítulo concediendo a esta primera temporada de Vinyl una estructura pretendidamente cilíndrica. Es en el primer episodio cuando la voz de David Johansen retumba en el Mercer Arts Center, un edificio icónico que tumbó sus cimientos el 3 de agosto de 1973 y que Martin Scorsese utiliza para ejemplificar el derrumbe del establishment y la llegada de ese ansiado tiempo nuevo. Una época en la que Beatles cerraban su prolífica existencia con el Let It Be (1969) y los Rolling Stones cruzaban en el tiempo sus cuatro mejores trabajos: Beggars Banquet (1968), Let It Bleed (1969), Sticky Fingers (1971) y Exile on Main St. (1972). Una época en la que The Kinks (All Day And All of The Night, 1965) y The Who (Won´t Get Fooled Again, 1971) eran una referencia. La serie se alimenta en ciertos momentos de la llamada invasión británica, pero existe una constante a lo largo de la serie. Y no es otra que la necesidad que proclamaban los músicos norteamericanos de lograr de nuevo una voz propia, de escoger los elementos que les influían de aquellos británicos que sentaron las bases del rock sinfónico, del glam-rock o el rockpsicodélico con el fin de dar forma a una nueva era. Aquellos Jefferson Airplane, Yardbirds o, incluso, Led Zeppelin (que en la serie representan una cuestión de puro negocio) quedaban superados.

A la hora de dar la bienvenida a los instantes previos a la consolidación del punk, la serie asiste a la incertidumbre propuesta por su protagonista. Un hombre que comienza desde cero, ejecuta su talento y fija su mirada en aquel Lester Grimes que, en la década de los 50, defiende el alma del blues tan solo con una guitarra y una prodigiosa voz que reúne reminiscencias de Howlin´ Wolf, John Lee Hooker o Muddy Waters, casi por citar tres ejemplos de manual. La ruptura de su voz, aparte de proporcionar uno de los instantes de más emotividad contenida de la serie, será el punto de inflexión de la confianza de un grupo que dará sentido a la mutada realidad de Vinyl. The Nasty Bits (con James Jagger a la cabeza) abanderará la nueva revolución del punk, de las guitarras en desorden, del caos insurrecto de una época cuya banda sonora encabezaron The Velvet Underground y glorificaron The New York Dolls, MC5 o Iggy and The Stooges.

Lou Reed & Nico (Velvet Underground) en uno de sus conciertos en el Max´s Kansas City de Nueva York. – `Vinyl´ 1×02

Arte

Desde su vigoroso arranque, Vinyl distribuye por sus espacios diversas referencias a la época en la que se sitúa la narración. La primera secuencia, en la que Richie Finestra se encuentra en su coche introduciendo en su cuerpo tanto la sustancia más vista a lo largo de la serie como el vibrato de los New York Dolls en el Mercer, muestra una serie de carteles entre los que se distinguen mitos como The Magic Tramps, el grupo glam que lideró Eric Emerson hasta su muerte en 1975. Posteriormente, se establecerá toda una línea transversal entre Emerson, Velvet Underground (& Nico) y el artista Andy Warhol, cabeza de cartel de las artes plásticas de la época y que servirá de confluencia al encuentro sexual de los dos protagonistas. Entre el Mercer Arts Center y el Max´s Kansas City (imprescindible la edición en CD y LP que se ha lanzado al mercado y que recupera el directo de Velvet Underground en el icónico emplazamiento neoyorquino) se mueve el movimiento musical que se está gestando. Dos lugares clave para comprender las sensaciones que Nueva York vivía cuando la música volvió a nacer.

Dentro del primer capítulo, una reunión a dos bandas servirá como inicio a las diatribas de Finestra mientras contempla a los socios germano-belgas que, con PolyGram, intentarán comprar su American Century. Scorsese identifica con suficiencia, y no casualmente, a su protagonista ubicándolo bajo la portada del Ein Heldenleben Op.40 de Richard Strauss que los europeos tienen presidiendo la mesa de negociaciones. Pero, ¿a qué hace referencia esta portada que aparece justo encima de Finestra? La traducción de Ein Heldenleben corresponde en castellano a Una vida de héroe Op. 40. La portada en cuestión corresponde a la grabación que de aquel poema de Strauss se realizó en 1959 con el legendario Herbert Von Karajan a los mandos de la Berliner Philarmoniker. Scorsese ya presagia de alguna forma la identificación del espectador con el héroe dramático propuesto. ¿Finestra representa al héroe caído? ¿Qué tipo de héroe? ¿Son los dirigentes de PolyGram los verdaderos héroes salvadores de Finestra? Scorsese encierra en esas cuatro paredes su propio concepto de la heroicidad con resultados dispares en posteriores capítulos.

Uno de los elementos más icónicos de Vinyl podría ser, valga la reiteración, el mural de vinilos que preside la sala de juntas de American Century. Todas las decisiones se toman mientras la sala permanece presidida por una selección de mitos de finales de los sesenta. Se puede observar el Green Tambourine de los Lemon Pipers, a Johnny Nash, Johnny Winter, Donny Osmond, el A Lonely Man de los Chi-Lites e incluso un ejemplar del Live: Full House de los J. Geils Band. Toda esta ecléctica mezcolanza da lugar a los roles impresos en una discográfica que se debate entre la desaparición y la renovación.

Por si no fuera suficiente – y aquí es cuando hace su entrada un componente propio de carácter emocional – el noveno capítulo hace mención a ese `Dylan accesible´, al muchacho del que Columbia parece querer deshacerse en la ficción propuesta y que responde al nombre de Bruce Springsteen. Y es 1973 cuando lanza al mercado sus dos primeros trabajos: Greetings From Asbury Park, NJ The Wild, The Innocent & The E Street Shuffle, definiendo el estilo de un músico, por definición, incombustible.

Los instantes previos del capítulo sirven para dar a conocer la técnica con la que se mueve la composición artística de las portadas de los álbumes de cada grupo. La disposición en escena, las cámaras a utilizar, las intenciones político-sociales de las portadas y la importancia que para un determinado artista tiene el frontal de su trabajo. Y con mayor interés si es un álbum que sirve de debut. Como ejemplos, compárese el primer LP de The Beatles (Please, Please Me, 1963) con su despedida (Let It Be, 1970). La integración frente a la manifiesta separación o cómo una portada ilustra estados de ánimo o situaciones personales con interés en ser evidenciadas. O los personalismos de Bob Dylan (Bob Dylan, 1962, Highway 61 Revisited, 1965 o Blonde on Blonde, 1966) o Bruce Springsteen (The Wild, The Innocent & The E Street Shuffle, 1973 o Darkness On The Edge of Town, 1978) frente a la conceptualización de Fleetwood Mac (Rumours, 1977) o Creedence Clearwater Revival (Cosmo´s Factory, 1970).

Odio

La sala de reuniones de American Century es otro punto candente para la dirección de arte en Vinyl. En capítulos emitidos con posterioridad, una imagen en cartón pluma de Rod Stewart contempla impertérrito el éxito de los suecos ABBA, adalides del pop que llegaba desde Europa y que contrastaba en demasía con la suciedad caótica que los norteamericanos necesitaban. Es por eso que la sorna en torno al primer disco del grupo escandinavo, Ring Ring (1973), resulta inagotable mientras se gesta una peculiar discusión sobre la necesidad de que la música sea simplemente `bailable´. El castigo a ABBA culmina con la comparación del grupo con las insufribles voces de Alvin y las ardillas. ¿Algo más que añadir?

El odio es importante en la indiferencia que muestra Finestra por ciertos grupos a los que ya no quiere en su discográfica. O bandas, ahora icónicas, que suenan en los platos y que defenestra rompiendo los vinilos con actitud rabiosa o que ve como las bromas de índole sexual (y por definición machistas) predominan sobre las intérpretes femeninas de grupos como, por no faltar al ejemplo anterior, ABBA. Vinyles testigo de la dicotomía hecha camiseta entre Pink Floyd y Black Sabbath, del intento de discriminación de Johnny Winter bajo el argumento de ser albino, del odio generado (nada inventado, por otro lado) con el A Passion Play de los Jethro Tull o la reiterativa sorna en torno a la estrella adolescente Donny Osmond, quien opondrá su odio a la aparente simpatía que sí transmite en Finestra y su equipo la legendaria Grand Funk Railroad. Con absoluta indiferencia, American Century se deshará de Pagoda, Lobo o Terry Jacks. La historia del rock en tan peculiar momento se resume en un trozo de papel en el que Status Quo perece en favor de Dr. Hook & The Medicine Show o Thin Lizzy acusándolos de ser `la Edad Media de la música´.

La criba ante la crisis de American Century Records. – `Vinyl´ 1×03

Pasión

A partir del cuarto capítulo, Vinyl sacrifica la portentosa construcción de la historiografía musical para centrar su foco en Richie Finestra y los problemas, cada vez más acuciados, en su matrimonio. La caída de las dos personalidades recreadas por Bobby Cannavale y Olivia Wilde desemboca en un laberinto de pasiones de compleja resolución. Cuando American Century focaliza la búsqueda del talento dentro del emergente sonido funk aparece un elemento herético en el matrimonio, un Hannibal transformado en una suerte de Sylvester Stewart (Sly & The Family Stone), precursor de las bandas de ingente formación que asaltaron las pistas de baile en una época donde aquellas caderas heredadas de Elvis se movían con distinta cadencia. James Brown, Kool & The Gang o Earth, Wind & Fire plantaban cara a la energía de las guitarras y sentaban las bases del ritmo irrefrenable. El rock no se formaliza en Vinyl, pero sí el sonido que los inciertos artistas emergentes buscaban. Buen ejemplo de ello es el instante en que The Nasty Bits, ya con nuevo guitarrista en sus filas, intenta buscar el elemento definitorio que los distinga del ruido en mitad del caos. Será Lester Grimes quien les muestre un camino a seguir tan solo con la reiteración de un par de acordes, con los que interpretará diversas melodías de estilos bien diferenciados entre sí.

Jerry Lee Lewis y su Breathless; Lou Reed, esencia de la Velvet Underground, interpretando Venus In Fur; la malograda Janis Joplin fusionando su imagen y su voz con el rabioso grito exasperado de Finestra mientras entona el ya mítico Cry Baby; Alice Cooper y su icónica guillotina, maneras de morir con I Love The Dead. La catártica explosión pública de gozo en la conclusión del tercer capítulo con The Nasty Bits, el grupo ficticio de James Jagger, terminará por resumir las intenciones de la música del momento. Y con esas intenciones, las de una discográfica que, al fin ha encontrado el rumbo que pretende seguir. El ensayo de David Bowie, Suffragette City mediante (The Rise and Fall of Ziggy Stardust and The Spiders From Mars, 1972) ya demuestra una solidez que los primeros capítulos no mostraron. La cámara permanece apasionada contemplando al artista, es parte de la actuación, no un mero espectador ajeno a la época. Si con Hannibal la serie se convirtió en un maduro homenaje, con David Bowie la progresión ha sido completada. Vinyl ha perdido el miedo.

No hay más que contemplar el epílogo del sexto capítulo, un momento trascendental para comprender la personalidad y los miedos de Richie Finestra. Un final que su directora, Nicole Kassell, ilustra con un cover del Rave on de Buddy Holly que, literalmente, eriza la piel. En capítulos venideros, la serie mostrará la transformación de las apetencias desde los compases del funk hasta la irremediable irrupción de la música disco. Las discotecas vivieron una notable revolución rítmica que Vinyl ilustra saltándose la línea temporal ofreciendo un portentoso ejemplo orquestado por Alex Newell, DJ Cassidy y el histórico Nile Rodgers (Chic) titulado Kill The Lights (2015) mientras un vinilo que reza Índigo – el mismo que aparece y desaparece a lo largo de la temporada – se muestra en un complejo primer plano que le rinde, por fin, una justificada interpretación narrativa. Otra revolución ha llegado. La vigencia de estilos en la contemporaneidad es evidente. Y de ello se nutre la riqueza musical de la ficción producida por HBO.

La misma pasión que, durante 19 meses, llevó a John Lennon a enamorarse de May Pang en el intervalo entre Yoko y Ono es la misma causante de la quiebra que sufre la necesidad de independencia de Devon frente al inquieto interés de Finestra por realizarse a sí mismo, de convencerse de que la suerte está de su lado y que un contrato con un acabado Elvis Presley es más que una realidad. La pasión que mueve a comenzar el octavo episodio de esta crónica inacabada con el Here Comes The Sunde Beatles (por justicia, de George Harrison) mientras los socios fundadores caminan hacia su más firme constatación monetaria en un nostálgico travelling lateral que emula a la legendaria portada del Abbey Road. De este modo, todos los personajes mantienen su camino mientras se empeñan en encontrar un sitio que, por definición, no les pertenece. En Vinyl no hay una sensación de comodidad, ninguno de los personajes siente que su vida tenga un sentido más allá de sus funciones en la discográfica o la hipocresía que reine en su concilio familiar. Hay todo un universo de trampas, de arenas movedizas, de miedo al fracaso, de desinterés en una época que jamás ha recurrido al concepto de firmeza para poder definirse.

La criba ante la crisis de American Century Records. – `Vinyl´ 1×03

Aleatorio

Perdidos y sumergidos en un laberíntico, aunque apasionante, compendio de nombres, Vinyl ha sabido conjugar un caótico inicio con una resolución calmada, con una especial atención a unos personajes que viven influenciados por una época de locura, de caos. En el episodio piloto se escucha una de esas frases que marcan el visionado de cualquier obra artística, que definen el contenido sin que necesite ser explícito. `He puesto la máquina de discos para que reproduzca al azar porque la vida es así´. El ser humano huye del orden, del recorrido del primero al último, detenerse a escuchar un disco de principio a fin parece cosa de brujería. Vinyl no es ninguna excepción. La banda sonora de la serie permite escuchar un inacabado compendio de estilos mientras se contempla un tortuoso descenso a los infiernos personales de quien no termina de saber qué es lo que pretende conseguir. Y en ese camino no hay más que destrucción, hipocresía, drogadicción, homicidio y un pretendido panegírico al caos.

La vida, al menos musicalmente hablando, es un aleatorio constante. Todo depende del estado de ánimo, la música sirve de medicina tanto para calmar los dolores como para causarlos. A partes iguales. Si algo se trasluce de Vinyl es la inenarrable sensación de haber asistido a un aleatorio histórico incomparable, a un lugar, a una época en la que se revive el concepto de ciudad como hervidero musical, donde tocar en un sitio u otro podía redefinir una carrera. A una Nueva York que despidió a la british wave e implantó la rebeldía en su sonido. Un sonido que ya, por años que pasen, jamás se podrá dejar de escuchar. El eco de las calles, la vibración de los cimientos, el poder de las guitarras, el rugir de las baquetas, el magma de las mejores voces de la historia del rock.