‘Vis a Vis’, el vigor de la feminidad

Todo apuntaba a una adaptación literal de la americana Orange is the new black cuando Macarena llegó a la prisión de Cruz del Sur, presuntamente fruto de un engaño empresarial. Sin embargo, el paso de los capítulos ha determinado que Vis a Vis, aunque tenía –y tiene, inevitablemente– mucho de aquella, para nada es un mero remake de lo que ya vimos en la serie baluarte de Netflix. Algunos pensarán que más (o mejor), otros que menos (o peor), pero es importante reconocer que no es lo mismo.

La primera temporada de Vis a Vis ha girado en todo momento en torno a tres temas vertebrales: la adaptación de Maca a su nueva condición, la guerra interna –entre física y psicológica– que han mantenido las presas durante toda la tanda de capítulos y la búsqueda (y consecuencias) del dinero que una presa fallecida había enterrado en algún lugar sin nombre. A partir de ahí, el artefacto narrativo de la ficción de Atresmedia ha derivado en otras pequeñas subtramas que han permitido indagar en las condiciones personales de cada interna, antes y durante el tiempo de la ficción. Desde el choque cultural y étnico, con la inclusión de presas extranjeras y de etnias minoritarias, como el caso de Saray –descubrimiento total el de Alba Flores–, hasta la homosexualidad, con la intensa historia que han vivido los dos grandes pilares de la ficción, Rizos y Maca; las tramas de Vis a Vis han completado un abanico temático que tampoco ha querido obviar puntales tan jugosos como la corrupción del funcionariado de las cárceles, la maleabilidad del ser humano, con el arco argumental de la familia de Maca, o la violencia de género en casos determinados.

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Heredera, como ya decíamos, de Orange is the new black (quizás la cicatriz más visible que le queda de aquella sea el penúltimo episodio en el que Maca, como Piper, se obsesiona con la aparición de un animal en la prisión: en aquella fue una gallina, aquí es un gato), la ficción española ha adaptado tanto los códigos como el catálogo de historias al espíritu y la situación nacional. También en el terreno de lo formal Vis a Vis ha querido ofrecer un salto que la alejase de los flashbacks de la serie de Netflix: en este caso la forma de acercarse a la historia personal de cada una ha venido dado de forma natural, introducido en el guión, o con la inserción de esos pequeños fragmentos pseudodocumentales en los que las presas hablan directamente a la cámara y se aproximan al espectador desde la naturalidad que aporta lo real.

Vis a Vis ha tenido una primera temporada gobernada, mayoritariamente, por mujeres. La primera entrega se ha convertido, quizás de forma espontánea, en una demostración de poder, de vigor femenino, de solvencia narrativa. Tal vez esa sea una de las principales novedades: no ha necesitado equilibrar, ha sabido reconocer cuál era su argumento y cuál su idiosincrasia y con ellos ha aguantado de principio a fin. A pesar de que el arriesgado abanico de temáticas y su puesta en escena cristalina le podían haber supuesto la pérdida de share. De esa transparencia se agradecen, entre otros muchos detalles, la valentía que ha mostrado a la hora de abordar la homosexualidad sin rodeos ni edulcorantes, de una forma real, el lenguaje y la violencia propios de una cárcel o la desnudez femenina sin pretextos ni complacencias. En este sentido, y en otros, como la estructuración narrativa de su guión, la serie emitida por Antena 3 ha jugado sus bazas con inteligencia. En determinados momentos Vis a Vis ha descargado la responsabilidad en el saber hacer de su elenco, que en muchos casos ha conseguido explotar al máximo su exquisito control de los tempos. Además, la serie ha estado sustentada en todo momento, y en la medida de lo posible, por una dirección alejada de efectismos y un guión que ha permanecido férreo. Ni siquiera el resbalón del capítulo final, con un último tramo lleno de lagunas narrativas importantes (ADN milagroso, personajes que actúan al contrario de sí mismos, la puerta de la cárcel abierta para despedir a una presa…) y envuelto en una dirección –esta vez sí– tan artificiosa como ávida de una espectacularidad innecesaria, eclipsa el magnífico trabajo llevado a cabo en los diez capítulos anteriores.

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Por otra parte, la mezcla de caras conocidas –destacables Carlos Hipólito, Roberto Enríquez o una magnética y solvente Nawja Nimri en el papel de villana– con los estupendos descubrimientos que han supuesto para la pequeña y gran pantalla nombres como los de Maggie Civantos, Berta Vázquez o Alba Flores, por citar solo algunos de la primera línea, ha equilibrado la naturalidad con la escenificación. De la misma forma, los fragmentos abiertamente ficticios han encontrado apuntalamiento en esa especie de mockumentary. También la comedia y el drama se han pasado el testigo por momentos, favoreciendo así que la técnica narrativa de tensión y distensión hayan resultado más efectiva. La dualidad actúa como representación total –por otra parte, sencillísima– del plot argumental más cutáneo de Vis a Vis: las consecuencias del paso de la libertad a la reclusión.

Recién finalizada la primera entrega, con el conocimiento de una segunda tirada de episodios, queda corroborar que el argumento da para más de una tanda de episodios. La primera, entre tanto, ha servido para demostrar, entre otras cosas, que por fin se ha dejado de lado la búsqueda del target total. Y que las ficciones en las que el espectador percibe el trabajo también se valoran aunque requieran una predisposición mayor. Que en España, en definitiva, de vez en cuando también nos gusta reflexionar sobre lo que vemos y darle otro valor extra, además del entretenimiento.

Jesús Villaverde Sánchez

Periodista cultural. Crítico literario y cinematográfico. Escritor y lector.