‘Zero’, los símbolos de la pérdida

¿Qué nos mantiene pegados a la tierra?, ¿qué nos hace no huir del mundo superficial? Esa parece ser la cuestión que quiere poner sobre la pantalla David Victori en la miniserie Zero, que narra en cuatro pequeños cortometrajes episódicos (que van desde los 6 a los 12 minutos de duración) la separación de un padre y un hijo cuando la Tierra se ve asolada por pérdidas de gravedad momentáneas.

Evidentemente, como era de esperar, la separación va mucho más allá de lo meramente físico. Desde el primer episodio se deja claro que la fisura que gobierna la relación entre padre e hijo viene dada por la traumática pérdida de la madre. Hay imágenes y planteamientos en Zero que suenan vagamente a The Leftovers (el plano de la iglesia en el 1×04 o la propia ascensión de los seres humanos en los citados fenómenos, entre otros).

La pérdida y la herida abierta se sitúan en Zero como el único centro gravitacional persistente en la relación que mantienen sus dos protagonistas. La grieta es patente en cada uno de los pocos minutos que componen esta ficción, pero se evidencia de forma total en el último episodio, en el que la sangre invisible del niño por la pérdida brota a la primera línea de la ficción.

Zero es una miniserie conceptual y altamente simbólica. Una metáfora sobre la pérdida y sobre los asideros a los que nos aferramos para continuar con los pies en el suelo, para aprender que el dolor no se esfuma nunca, que se guarda en la mochila para poder continuar con el camino. Un recorrido al que, como parece mostrar el último plano, la colectividad de la especie convierte en más habitable. El individualismo vuela y se pierde en la inmensidad del cielo, la colectividad consigue volver a hacer pie. La metáfora hiende la fractura.

Jesús Villaverde Sánchez

Periodista cultural. Crítico literario y cinematográfico. Escritor y lector.