‘A young doctor’s notebook’, el moleskine de los horrores

¡CUIDADO, SPOILERS!

Posibles spoilers (leves) de ‘A young doctor’s notebook’ (Temp. 1).

URSS, 1934.

Un médico relee el diario de su juventud en un hospital de provincias de Rusia en el marco de la Revolución Rusa, es decir, en 1917. El diario rememora a un médico joven e inexperto que llegó en el peor momento y que tuvo que ser testigo del horror de la la I Guerra Mundial, la Revolución Rusa y sus crueles consecuencias. El doctor adulto es Jon Hamm; el joven, recién salido de la universidad, es Daniel Radcliffe. Pero la particularidad reside en que ambos son el mismo personaje, Vladimir Bomgard, en distintas épocas de su vida.

URSS, 1917.

El Bomgard joven llega a un hospital humilde, alejado de la gran ciudad de la que proviene. Lo que allí se encuentra es un panorama que invita a la desesperanza, pero a pesar de todo, la actitud que toma el joven doctor es positiva con respecto a la experiencia. Pronto podrá volver a Moscú y ejercer la medicina allí con esta valiosa experiencia tras su espalda.

Pronto se dará cuenta de la importancia que tiene el antiguo doctor, el gran Leopold Leopoldovich, y de que, por mucho bien que haga, siempre permanecerá a su sombra (gag recurrente a lo largo de la serie). La sombra del doctor es alargada. La serie se centra en cuatro personajes: Pelageya, una enfermera que reside en el hospital, el ayudante “excesivamente” servicial que le adjudican a Bomgard, que en ocasiones más parece un criado, y las dos versiones del doctor.

A YOUNG DOCTORS NOTEBOOK

El planteamiento del que nace la serie es bastante sencillo: tras ser acusado en 1934 de mala práctica, y en mitad de una investigación por una serie de recetas de morfina que no se sabe muy bien de dónde provienen ni a dónde van, el doctor adulto decide acudir al momento en el que se empezó a torcer su vida, en 1917, justo cuando llegó al hospital. Como vemos a lo largo de la obra, los horrores, el aburrimiento, la soledad y las emanaciones de sífilis sólo pueden evitarse con la sensación de escape proporcionada por la morfina. Y para eso viaja en el tiempo Bomgard, a través de la lectura del diario, para darse el sermón a sí mismo y que su yo pasado no cometa los mismos errores que le llevaron a él a su situación actual.

No tiene más misterio; sin embargo, sorprende el humor negro, excesivo en algunos momentos, que despliega la producción en la hora (un poco más) que dura la serie (cuatro capítulos de 25 minutos), que puede resultar tanto en una risotada como en una mueca de desconcierto ante la situación creada en pantalla. Por otra parte tal vez lo más llamativo de la producción sea el cambio de registro que experimenta a lo largo de los cuatro episodios. Empezamos viendo una comedia muy bizarra, con altas dosis de carnicería y humor negro, pero poco a poco la serie se va dramatizando hasta llegar a un momento en el que los personajes empiezan a transitar las puertas del infierno, con el doctor adulto siempre intentando evitar que su yo joven tome su camino, pero a la vez dejándose tentar por la idea de tomarlo él mismo.

El hibrido resultante es una serie que discurre sin problemas de la risa al drama, en un espacio único, el hospital, que por momentos resulta ciertamente agobiante, lo que nos ayuda a meternos en la situación del doctor. La fórmula de narración es bastante acertada: no creo que la serie (ni probablemente el público) soportase capítulos más largos ni un formato de temporada con muchos más episodios. Además, esa continua mezcla entre lo cómico y lo dramático se sobrelleva mejor en los veinticinco minutos que dura en pantalla, más sería redundante.

Cabe destacar el trabajo de dos actores que venían muy marcados por sus personajes anteriores, tanto Radcliffe, siempre recordado como Harry Potter, como Jon Hamm, el eterno Don Draper. Esa pequeña batalla por quitarse el sambenito se la adjudica Radcliffe, que atrapa con su desconocida vena cómica, pero siempre sabe girar hacia su vertiente más desesperada y nerviosa cuando no hay máquinas suficientes para tratar a sus pacientes o en los momentos en que no encuentra morfina. Jon Hamm sorprende algo menos, quizás porque el personaje, a pesar de estar muy bien interpretado, no deja de parecerse vagamente a Don Draper tras una de esas míticas noche madmenianas.

A Young doctor’s notebook es una serie sin complejos, que no se preocupa de en qué lugar está y que por ello hace lo que le viene en gana. Una producción que nos gana a partes iguales por el humor y por el drama; eso sí, no apta para espectadores con poco gusto por la sangre gratuita o excesivamente aprensivos.

Jesús Villaverde Sánchez

Periodista cultural. Crítico literario y cinematográfico. Escritor y lector.