‘Boardwalk Empire’, el amargo sabor del whisky

¡CUIDADO, SPOILERS!

Este artículo habla de la temporada final de ‘Boardwalk Empire’.

¡Caput! Como quien dice por la puerta de atrás; ni más ni menos, así se ha marchado Boardwalk Empire. Tomando como base la filosofía de la serie, nada ni nadie se ha ido de “rositas” en uno de los finales más lógicos de la ficción norteamericana, el de Boardwalk Empire. ¡Cuidado! No por ser lógico podemos restarle méritos a esta tanda final de ocho episodios, fuertemente armados para llegar hasta la orilla en un lejano 1931, que sirve de marco para ubicar la acción.

Decía Theo Angelopoulos que mostraba el pasado como una forma de entender el presente, e incluso proyectarse hacia el futuro. En torno a la figura de Enoch “Nucky” Thompson, la temporada ha desarrollado tres líneas temporales diferentes por primera vez en la serie: de la niñez a la adolescencia, de la madurez a la edad adulta y de la vejez al ocaso vital. Este perfecto diálogo ha girado alrededor de las motivaciones, de los deseos y de los errores. Desnudando al mafioso encarnado por Steve Buscemi hasta llegar a sus raíces, a ese “botones” que anhela lavarse en una bañera decente o poder besar a la hija de uno de sus clientes. Al final se impone el miedo y el extrañamiento, tal y como vemos cuando Nucky entra en una cámara oscura cargada de significados y tiempo (se halla literalmente suspendido), o como comprobamos cuando Al Capone (genial Stephen Graham) deja atrás su cocaína y sus fulanas para abrazar a su hijo sordo y hacer frente a la justicia.

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A pesar de querer abandonar el juego al final de la cuarta temporada, Nucky Thompson regresa a su ciudad natal cuando está a punto de ser asesinado en Cuba. El juego ha cambiado, no así las mentiras y las traiciones. Y en este tablero no tienen cabida los Rothstein, los Narcisse, los Thompson o los Masseria; todos y cada uno de ellos son pasado (“los mafiosos tradicionales están enterrados”, proclama Lucky Luciano). En cambio, también hay una larga lista de peones que tuvieron algún protagonismo antaño y todavía tienen algo que decir en la última temporada, entre ellos Van Alden -de agente prohibicionista a contrabandista-, Eli Thompson -de sheriff y lugarteniente a borracho perseguido-, Chalky White -de líder de color a prófugo-, Margaret Schroeder -de mujer maltratada a bróker de bolsa- o Mickey Doyle -de bufón de la corte a un jefe más. Semejantes evoluciones han marcado las subtramas de la serie, insuflando oxígeno y dando diferentes matices a Boardwalk Empire, desde el humor burdo (Mickey Doyle) hasta los límites de la demencia (Van Alden).

Aquellos que rodean a Nucky solo entienden la filosofía del dinero, ya sean el Comodoro Louis Kaestner, Lucky Luciano, Al Capone, Valentin Narcisse o Chalky White. Y en el caso de la mayoría, las humildes raíces son la justificación para entrar en este terrible juego, aunque salir de él entraña problemas mayores, sobre todo en términos de legado. No solo hablamos de Nucky Thompson, sino también de Johnny Torrio o Chalky White. Otros se fueron bajando del tren sin hacer ruido; ese fue el caso del suicidio de Eddie Kessler, la silenciosa muerte de Richard Harrow o los asesinatos de Arnold Rothstein y Joe Masseria, estos últimos ejerciendo de pilares para la construcción de la última temporada. La desmedida ambición tarde o temprano acaba devolviendo cada uno de sus golpes a las personas.

Elegante en los decorados, el vestuario y el maquillaje, Boardwalk Empire ha soñado con una época única, esos “locos años 20”, pero también se ha atrevido a dejar su impronta en una atestada Cuba y en la nación estadounidense posterior al crack del 29, todo ello en una temporada magnífica. Desde su fascinante abertura, cada encuadre y cada movimiento estaba cuidado hasta la obsesión, demostrando que la elegancia traspasa el guion y el atrezzo para ser replicada a su vez por la dirección; en esta línea, Tim Van Patten y Ed Bianchi han firmado los mejores capítulos, siempre conscientes de la importancia de abrir con una escena sorprendente, siempre atentos a los desplazamientos para conducir la cámara sin sobresaltos, siempre conocedores de las características de cada personaje. No hay puntada sin hilo en la quinta temporada. Es más, se nota una coordinación tremenda entre los intérpretes, los directores y los guionistas, en especial los sobresalientes Howard Korder y Terence Winter, este último creador de la serie. Igual de soberbio ha estado la totalidad del elenco, pasando por Steve Buscemi, Shea Whigham, Michael K. Williams o Vincent Piaza.

En los compases finales de la serie, Nucky Thompson se adentra por primera vez en el mar que baña la dorada playa de Atlantic City, y lo hace sin la menor preocupación; pasado, presente y futuro confluyen en un río que acaba de abrirse hacia lo desconocido, hacia el mar. Nos acompañan las notas de la magnífica El árbol de la vida (2011) hasta los últimos diez minutos de la serie: puro cine cargado de significado con un montaje paralelo de órdago, rara vez visto en la pequeña pantalla, pero que funciona a la “maldita” perfección. Es en estos instantes cuando el espectador saborea toda la serie como si se echará a la boca uno de esos whiskys que Nucky ya deja de lado y, de repente, el final se antoja como un precipicio tan esperado como lógico; situados al borde del mismo repasamos las últimas y lacónicas sonrisas que exhalaron Chalky White y Richard Harrow, las abruptas carnicerías que sufrieron tantos capos y la fría muerte de Jimmy Darmody. Los ecos de la maldad retumbarán en los tímpanos del espectador y, finalmente, el omnipresente mar y la omnipresente moneda ponen un brillante broche final a la serie. Estamos en 1931, los brókers se pelean en Wall Street, los mafiosos asesinan en plena calle y Eldorado acaba de partir.

Cerramos los ojos y aún sentimos la opresión del mar, de la magnífica historia.

Antonio Cabello Ruiz-Burruecos

Enamorado de la escritura, del placer fílmico y del goce seriéfilo. Siempre aprendiendo; siempre creciendo. "Hagas lo que hagas, ámalo".