‘Broadchurch’: la pérdida, el duelo y la sociedad rural

Antes de nada, pongámonos en situación. ¿Qué es Broadchurch?

¿Es otra serie de policías que investigan un asesinato? Sí y no. Sí, porque efectivamente lo es. Una pareja de policías investigan el asesinato de Danny Latimer, un niño de 11 años, que una mañana aparece muerto a los pies de los acantilados del pequeño pueblo de Broadchurch. Y no, porque aunque la línea central es la investigación, Broadchurch ofrece mucho más que eso. ¿Es una obra maestra? Es opinable. Para mí no lo es. Es una buena serie, con muchos matices que la hacen muy interesante y atractiva, pero no hay que volverse loco etiquetando cada serie que surge de obra maestra. Por supuesto que habrá quien sí la considere como tal, cada uno tiene sus visiones.

¿Qué ofrece Broadchurch que la hace diferente a las demás? Varias cosas, destacando entre ellas el emplazamiento, que da pie a la gran diferencia: el reflejo de una sociedad rural en todos sus niveles. Broadchurch comienza con el asesinato de Dan, sí, hasta ahí todos de acuerdo. Sin embargo, el avance de los capítulos -algo lento y un poco insulso en los primeros, trepidante en los últimos- nos lleva a conocer más del pueblo y sus estamentos.

Por una parte tenemos a la pareja de policías (representando el estamento policial): una local, la detective Ellie Miller, y uno foráneo que llega sólo para este caso, Alec Hardy. Las interpretaciones de Olivia Colman y David Tennant como protagonistas queda a juicio de cada espectador (a mí me parecen soberbias, ambas). Ellie y Alec son una pareja que, al principio, no se soporta, pero que, en cambio, se complementa a la perfección. Son los encargados de llevar la investigación de la muerte de Danny, lo que para Ellie supone además una carga extra, ya que su hijo Tom era el mejor amigo del fallecido.

Además de los policías, tenemos claramente diferenciados a los periodistas. Curiosamente también hay periodistas locales, pertenecientes a la cabecera Broadchurch Echo: Maggie y Olly; y una periodista que llega desde fuera para cubrir la investigación, Karen White. Durante los ocho capítulos de la serie podemos asistir a una reflexión sobre la profesión periodística, sobre sus luces y sombras, algo tópica en determinadas ocasiones, pero que no deja indiferente a nadie.

Por último tenemos al reverendo Paul Coates, que hace uno de los papeles más importantes, por lo misterioso que se mantiene a lo largo de la trama, por aportar el componente religioso y por un detalle final que aporta dramatismo a la sucesión de hechos que vemos en el epílogo de la serie.

Podríamos englobar a Coates dentro del estamento de “gentes del pueblo”, en el que también encontramos al vendedor de prensa Jack Marshall (al que le dedican uno de los capítulos más emotivos de la serie), a la vecina misteriosa Susan Wright, a Nigel Carter o a la dueña del hotel Becca Fisher. Todos los personajes de este nivel guardan secretos. Y, como todos sabemos, en los pueblos estos vuelan y se destapan con facilidad. Y así ocurre también en Broadchurch. Por supuesto, entre las “gentes del pueblo” aparece la familia Latimer. Y, como no podía ser de otra manera, también ellos guardan secretos.

No obstante, si algo trata la serie, con el pie de la investigación del asesinato, es la pérdida y el duelo de una familia. La asimilación de los hechos, el dolor que causa la incertidumbre, las diferentes maneras de tomarse la situación para Beth, la madre (Jodie Whitaker), Mark, el padre (Andrew Buchan), y Chloe, la hija adolescente (Charlotte Beaumont). Durante el periodo de duelo los Latimer pasan por diversos estados de ánimo, desde la desconfianza de Beth, que no consigue superar la muerte de su hijo, hasta la aparente impasibilidad de Mark. La familia parece resquebrajarse poco a poco, más cuando se van conociendo los secretos que guarda cada uno de ellos.

El duelo aparece casi como un personaje más. Como el epicentro de la tormenta que asedia a la familia Latimer, y por extensión a todo el pueblo de Broadchurch, como pronto podremos comprobar en alguno de sus personajes. Por eso el asesinato de Danny Latimer es una especie de macguffin a través del que conocemos la sociedad rural británica, el aspecto religioso o la profesión periodística local, entre otras cosas.

En el aspecto narrativo, la serie va de menos a más. Los primeros capítulos resultan algo tediosos, de ritmo excesivamente lento. Parece que no pasa nada, pero durante esa aparente calma tensa estamos asistiendo a la gestación del huracán que se desatará en la segunda mitad de temporada, con un episodio final bastante redondo, pese a que alguno podía haber adivinado por dónde iban los tiros unos episodios antes con un par de pequeños detalles casi imperceptibles.

Como ya dije en las primeras líneas, no hay que volverse loco, Broadchurch no es ninguna obra maestra de la televisión; ni siquiera de la británica, que tiene como sus baluartes a otros títulos. Sin embargo, es una serie muy recomedable, muy efectiva y con momentos de cierta brillantez, y que, por si fuera poco, mantiene al espectador pegado a la pantalla más que por la necesidad de resolver el caso, por la de conocer profundamente a los habitantes de este pequeño pueblo costero.

El mismo día que terminó la primera temporada, la ITV, cadena de procedencia, anunció una segunda temporada totalmente innecesaria, desde mi punto de vista, ya que las tramas se cierran a la perfección con unas últimas escenas brillantes y esclarecedoras.

Jesús Villaverde Sánchez

Periodista cultural. Crítico literario y cinematográfico. Escritor y lector.