La encrucijada de ‘How I met your mother’

¡CUIDADO, SPOILERS!

No leas si no has visto visto la octava temporada completa.

¿Qué nos deja el final de la octava temporada de How I met your mother? Una encrucijada para cada personaje, fundamentalmente. Al igual que ocurrió con Friends, parece que los amigos del MacLaren’s se enfrentarán a las grandes decisiones de su vida justo antes del final de la serie. Así lo demuestra el final de esta temporada que concluye (la octava ya, madre mía), que en los últimos capítulos ha indagado en los sentimientos de sus personajes muy por encima de su aspecto cómico, aunque sin dejar de lado éste.

¿Y por qué están en una encrucijada? Bien, vamos por partes. Primero, la eterna pareja de la serie, Lily y Marshall (con su bebé Marvin, claro), con los preparativos de su viaje a Roma. Por fin parece que se han decidido a marcharse de Nueva York para que Lily persiga su sueño y Marshall acude con su hijo a Minnesota para que su abuela pueda despedirse del pequeño. Sin embargo, por supuesto, llega la hora de la decisión final. Y le llega al bueno de Marshall, en forma del empleo de juez que podría asegurar su futuro y el de su familia. Precisamente a él, Marshall; él, que todos sabemos que no es el hombre más idóneo para tomar decisiones (buenísima la serie de posibilidades que se le ocurren para ser juez desde Italia). ¿Qué hacer? Tiene dos opciones y en las dos alguien va a resultar perdedor; o no le dice nada a Lily y la acompaña a Roma, dejando a un lado la gran oportunidad, o sí se lo dice y se queda en Nueva York, para lo que tendría que separarse de Lily o ésta tendría que quedarse y renunciar a su sueño. Difícil.

Por otra parte, están los prometidos Robin y Barney. Su situación es, quizás, una de las más susceptibles de análisis de las ocho temporadas. En primer lugar, tenemos una Robin llena de dudas (8×23) sobre su boda con el rubio. Llena de dudas como no la habíamos visto nunca, tanto que ha empezado a buscar señales que le empujen a su boda. En un último acto de desesperación se lanza a la búsqueda del colgante que enterró siendo adolescente en su primera visita a Central Park, el cual se prometió a sí misma que sería su algo viejo el día de su boda. Barney, en cambio, pasa sus últimos días de soltero disfrutando de la vida y estrechando lazos con su suegro (8×23). Poco parece importarle la llamada de auxilio de Robin, ya que aparece jugando al lasertag a los pocos minutos.

La boda entre Robin y Barney parece tambalearse y, aunque todos la esperábamos para el último capítulo, ni rastro de ella en esta octava temporada. Sí es verdad que en la finale volvemos a ver a la pareja compenetrada y enamorada, sobre todo esas caras de felicidad cuando salen de casa para volver como marido y mujer (falta hacía verlos así), aunque lo cierto es que no se ve un futuro muy limpio para los dos. O al menos no se intuye.

Las dudas de Robin en el 8×23 nos llevan a la undécima vuelta de tuerca a la relación entre Ted y la periodista. Esa rapidez con la que el arquitecto acude a la llamada de Robin, ese “dijiste ‘no, es estúpido’ que es tu forma de decir ‘es importante’. Todos lo sabemos” que le dice Ted a Robin, y su respuesta, sobre todo su respuesta, “bueno… no todos”, en clara referencia a Barney. Ese momento de vacilación que tantas veces hemos visto en Ted y que, ahora, inesperadamente, adivinamos también en Robin. Sobre todo cuando interpreta que la ausencia del colgante supone una señal para no casarse con Barney. Y, por si fuese poco, la lluvia, tan significativa entre Ted y Robin (que parece que va a abrir y a sellar su historia), que empieza a caer en Central Park mientras los dos se cogen de la mano y suena una bonita canción. ¿Alguien más pensó que, si se alargaba esa secuencia, podrían acabar besándose una vez más? Ya lo dijeron los guionistas: la persona con la que acabes no tiene por qué ser la persona de tu vida. Interpretadlo como queráis.

El caso es que la octava temporada, sobre todo su final, ha sido dura para un Ted al que nos encontramos con un terrible miedo a la soledad. El final de aquel 8×20, el capítulo de los viajeros en el tiempo, lo demuestra con esos cuarenta y cinco días (o segundos) que demanda Ted al tiempo para poderlos pasar otra vez con “la madre”. ¿Por qué? Porque en esta temporada hemos encontrado un Ted que se ha cansado de buscar al amor de su vida, un Ted hastiado de buscar señales, de buscar la chispa que haga que algo comience. Un Ted aterrorizado por la idea de quedarse solo, viendo como Robin se le escapa con Barney y Marshall y Lily se van a mudar a Roma. Un Ted que se aferra a un sofá antiguo (8×23) para que sus amigos no se olviden de él y sepan que tienen que volver, que él sigue allí y que se siente solo. “Si tiráis este sillón, ¿quién dice que no podáis tirarme a mí también?”, les dice a Marshall y Lily. Ted está en su peor momento, sin duda. Lo atestigua su conversación con Lily (8×24) en la que el arquitecto reconoce a su mejor amiga que el día después de la boda de Barney y Robin abandonará Nueva York y se instalará en Chicago. Porque para él, Nueva York, sin sus amigos, ya no vale la pena. Él, eterno defensor de la gran manzana, abandona y cambia de tablero porque ya no sabe jugar sus fichas y se ha cansado de buscar el amor en sus calles. “Ella no está en Nueva York. Quizás esté en Chicago”, le reconoce a Lily. Pero la pelirroja piensa rápido y conoce demasiado bien a Mosby: “No te vas porque crees que el amor de tu vida no está en Nueva York; te vas porque crees que sí está. Y la próxima semana estará casada con tu mejor amigo”. Touché Aldrin, así es. Ted sigue colado por Robín, Lily lo sabe y por eso le dice ese “ten cuidado” tan lleno de matices cuando Ted le cuenta su plan para regalar el famoso colgante a Robin como regalo de bodas. Y lo dice porque sabe más de lo que sabe nadie; maravilloso ese flashback en el que vemos a Robin borracha (soberbia Cobie Smulders) preguntándole a Lily por qué Ted no se casa con ella en lugar de con Stella, un día antes de que su boda se frustre, y contándole que ese medallón iba a llevarlo cuando se casase con él. Magnífica escena.

Y así llegamos al momento cumbre del capítulo, de la temporada y, si me apuras, de la serie. Cincuenta y seis horas antes de la boda empiezan a sonar los acordes de la maravillosa Simple song de The Shins -las canciones siempre son un acierto en la serie- y ya intuimos que, de ahí en adelante, sólo pasarán cosas importantes para el futuro de los personajes. No sabemos qué significan las cincuenta y seis horas, pero sí que tienen que ser exactamente esas por algún motivo, que sabremos, con seguridad en la novena y última temporada (ya es oficial que va a contar sólo el fin de semana de la boda, esas cincuenta y seis horas que separan a Ted de “la madre” y sabemos que todos van a conocerla antes que el propio Ted). Desde entonces, los tres minutos con los que termina la octava temporada son deliciosos; en ellos alternamos las imágenes de los miembros del grupo, cada uno a punto de enfrentarse a su encrucijada personal, con los planos en los que poco a poco vemos aparecer a esa mujer que tanto tiempo hemos esperado. Primero las piernas, las botas, la funda que envuelve el bajo que ya hemos visto antes; posteriormente el paraguas amarillo, tan simbólico que no se la entiende sin él (por ahora), la espalda y, finalmente, el rostro, con esa expresión dulce y despreocupada que parece transmitir un “aquí estoy y sé que ahora todos me estáis mirando”.

[Spoiler: pincha en la imagen si quieres ver a "la madre"]

[Spoiler: pincha en la imagen si quieres ver a «la madre»]

Y por primera vez, jugamos con ventaja respecto a Ted, porque conocemos a la mujer de sus sueños -independientemente de lo que nos parezca (a mí, personalmente, me recordó a Lily)-, antes siquiera de que ellos dos se hayan cruzado una mirada. Las fichas están preparadas, la encrucijada está servida, la novena temporada será decisiva para nuestros personajes y se antoja preciosa.

Jesús Villaverde Sánchez

Periodista cultural. Crítico literario y cinematográfico. Escritor y lector.