‘Southcliffe’. La responsabilidad de la catástrofe

Enciendes la tele y el presentador del telediario informa de una matanza en un pequeño pueblo inglés de pescadores, un pueblecito encantador de esos donde nunca pasa nada, donde un desastre de estas características no es concebible. Un ex-militar (de esos que saludaban a sus vecinos) ha salido a la calle disparando aleatoriamente a todo aquel que se le ha puesto por delante, dejando a su paso un gran número de víctimas antes de suicidarse con un tiro en la cabeza.

Esta noticia puede resultarnos familiar, incluso nos hemos llegado a acostumbrar a vivir con periódicas informaciones de matanzas similares, sobre todo en centros de enseñanza estadounidenses. A lo que no estamos acostumbrados es a que el presentador se posicione rotundamente, afirmando que la culpa de la catástrofe la tienen las propias víctimas, la comunidad que ha maltratado psicológicamente durante años al asesino y no ha sabido prevenir las consecuencias. Este es el planteamiento de Southcliffe.

La miniserie británica (Channel 4) da un giro de tuerca al tan manido género televisivo de asesinatos para llevarnos más allá y plantear un juicio moral. A diferencia de otras series, que a priori pueden resultar similares, como Broadchurch, en Southcliffe no existe seguimiento policial de los asesinatos, en primer lugar porque conocemos al asesino desde el primer minuto del piloto. El planteamiento es otro, más complejo, y con tres ejes principales:

– Por una parte analizamos al propio asesino, Stephen Morton, y sus circunstancias vitales. Un ex-militar poco sociable que tiene que cuidar de su madre enferma además de soportar las constantes burlas de los vecinos de su comunidad.

– Otra perspectiva de la serie son las víctimas colaterales, la familia y amigos de aquellos que han muerto, y la carga que supone tratar de seguir viviendo cuando te han arrebatado a tu hija o tu mujer de una forma tan absurda.

– Por último, el rol más importante o sorprendente de la historia lo desarrolla el periodista David Whitehead (interpretado por Rory Kinnear, el primer ministro de aquel magnífico capítulo de Black Mirror). Whitehead es un corresponsal al que le encargan ir a cubrir la matanza de Southcliffe, ya que resulta que es su pueblo natal, y por lo tanto su visión puede resultar más interesante. Lo que no saben sus jefes es que la infancia del periodista en Southcliffe no fue precisamente feliz, y sus traumas infantiles acaban siendo exorcizados en una polémica retransmisión en directo donde el periodista culpa al pueblo de haber sufrido lo que se merece.

Estamos acostumbrados a que nada puede pasar en un pueblo como Southcliffe. ¿Quién es el responsable de una matanza semejante?, ¿un simple cruce de cables en la cabeza de un loco?, ¿un acto fortuito y puntual?, ¿o por el contrario los constantes abusos y la violencia subyacente que se esconde en las pequeñas comunidades rurales es el caldo de cultivo, la olla a presión que acaba estallando ante la sorpresa de algunos?

Southcliffe nos sitúa ante esta compleja cuestión, al mismo tiempo que nos asoma al abismo del dolor tras lo inconcebible. Southcliffe es una joyita visual y narrativa, una serie de cuatro actos, coral y sincrónica, donde el presente y el pasado se solapan en un montaje que no los distingue, como si se quisiera aludir a un eterno retorno, a una atemporalidad. Southcliffe no tiene concesiones, ni música de fondo, ni piedad, ni consuelo, cuando termina nos deja solos, para que seamos nosotros los que miremos dentro de nosotros mismos y juzguemos, si somos capaces.

Un golpe al estómago del espectador.

Jorge Dueñas Villamiel

Diseñador digital e historiador del arte. Pensando en imágenes desde 1984.